Tú pelo
huele a tabaco. Tus manos a la hierba sobre la que estamos sentados. Tus labios
saben a mí. No sé si es la nicotina o lo mucho que te quiero pero podría
besarte durante horas.
El otro día
me dijiste que tenías que irte durante un año a New York y que no sabes si
podré aguantarlo. Es gracioso que pienses directamente en lo débil que soy yo y
tú ni te plantees que vayas a flaquear. Supongo que tienes miedo de que me
hunda dentro de algún libro y no vea la luz hasta que llegues, o que me pierda
en alguna canción y no encuentre la salida. Tal vez me estiraré en la cama,
intentando mantenerme despierto hasta que vuelvas con la esperanza de que
pierda la noción del tiempo. Con suerte entro en coma. Me miras de reojo y
sonríes picaronamente, sabes que me estoy comiendo la cabeza. Se te escapa la
risa y te miro con desespero. Quiero atarte a una silla y meterte en un
calabozo con la excusa más absurda posible. Le daría a tu carcelero un caramelo
de fresa cada día para que así te retuviese todo el año. Nadie se resiste a un
caramelo de fresa, o eso me dices.
Hoy es tú
último día aquí y apenas hemos hablado, apenas nos miramos, simplemente estamos
estirados el uno al lado del otro cogidos de la mano, a veces comentamos las
formas que nos parece que tienen las nubes y te ríes de mi, dices que tengo una
imaginación algo macabra. La verdad es que no te lo niego, algo loco si estoy,
loco por ti entre otras cosas. Que cursi y típico ha sonado eso, por Dios.
No me gustan
las despedidas, nada de nada. Lloro como una nena y uso tu hombro en plan
almohada, es muy triste, se supone que en las historias de verdad el hombre es
todo un macho y consuela a la chica de que todo irá bien, en nuestra relación
eso va al revés. Creo que la gente se ríe de mi. Pero sinceramente me da igual,
estoy contigo y ellos se comen los mocos, que les peten.
Pero ya verás
como este año seré fuerte. Te esperaré comiéndome un caramelo de fresa cada día
a tu salud.
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